Si bien es cierto que el cómic también participa de la palabra, el noveno arte es a nivel básico un medio de expresión enmarcado en lo visual. No es casual, antes al contrario, que comparta coordenadas narrativas e incluso sociohistóricas con el cine. Y al igual que el arte de la gran pantalla nació enmudecido y fué sin voz, con la imagen como único vocabulario, como se forjaron los rudimentos de su lenguaje, el cómic vino al mundo desprovisto de esa artificial convención gráfica que hoy conocemos como bocadillo o balloon.
Y si bien es cierto que desde su introducción en el marco de la viñetta la palabra se ha convertido en elemento esencial en la construcción de un tebeo, no son tan extraños los cómics silentes como podría creerse, pues es esa misma columna vertebral formada de imágenes concatenadas la que, sabiamente empleada, puede reducir lo escrito al nivel de lo superfluo.
Por poner un ejemplo, en esta portada de Mundos Finos de Comics, que nuestros esbirros han logrado robarle a Jotacé aprovechando que estaba distraido haciendo capturas de pantalla de Los Inmortales (la pena es que alguien se le adelantó), queda perfectamente claro que:
1- Robin se mantiene en una forma física envidiable.
2- Batman le está pidiendo a Superman cinco pavos por la mercancía.
3- A Superman le gusta lo que ve, pero se pregunta por la prietud y dimensiones del bien consumible que planea adquirir.